Sobre el tiempo

Hoy llegué tarde al trabajo. No es la primera vez. Eso de querer engañar al cuerpo me salió al revesado, pues “5 minutos más” resultaron en 40. Ahora a correr: baño, tender la cama, los dientes, péinate, vestirse, el lunch, y hacer torpemente en 20 lo que se hace en 60 minutos; tipo como un ciego en una orgía.

¿Qué pensará de mí ese libro de “Vivir más lento” que compré con el firme propósito de desterrar las prisas? ¿En qué quedamos con eso de tomar unos pocos minutos para meditar? ¡Disfruta el aroma del café! ¡No te sometas a la tiranía del tiempo! ¿Y lo de vivir con intención? ¿No que tu plan de retiro de morir antes de los 60 lo dejaste de lado?

Hace unos días venía manejando por la carretera que baja de la zona fría de Salvador Escalante hacia la tierra caliente de Tomendán, allá donde las mujeres dicen “¡abron!”. Me acordaba del mentado libro, de ver la vida diaria con más calma y perspectiva, para “evitar la fatiga”, dijera Jaime, el de las cartas.

Y es que, para los que han recorrido esa carretera, saben de ese paisaje precioso en el que pasas intempestivamente de un mar de aguacates a un mar de guayabas, con muchas plantaciones en un sinfín de lomas, aderezado con el aroma riquísimo de las guayabas.

Ahí decidí que iba a ralentizar las cosas y, en una “auto-lata”, junto a unos borrachos que tomaban y reían que daba gloria verlos, me tomé un momento para darle salida a una cerveza, acompañado de una guayaba de esas rositas que huelen a dulce y almizcle. Deslumbrado por una vista de esas que nutren el alma, como si fuera la proteína del alma.

Esto me hizo acordarme de mis primeros viajes a La Habana, Cuba. Ahí sí se tomaron muy en serio eso de llevar la vida a velocidades muy bajas. Subirte a un taxi de los años 50 es toda una odisea: le suena todo, que no sabes si hay un maraquero a bordo o tu organismo rogando que dejes la Coca-Cola y el pan; además de quedarte sin gasolina, una llanta cansada de tanto andar o, simplemente, una rebelión del radiador.

Pero también es una lección muy valiosa de vida, pues todas esas circunstancias te hacen valorar que el celular y la tecnología no lo son todo, y que también está la posibilidad de disfrutar cualquier situación que llegue a tu vida.

Disfrutar aquellos años cuando era un niño rebelde (sigo siendo niño y rebelde también), que no hacía caso a la chancla de mi señora madre y no importaba eso de parecer, comprar o presumir. Vivía andando en bici, patineta o a pie por las calles, comiendo raspados o papitas, como el peor vagabundo.

O como cuando nos metíamos al río Cupatitzio en una tina de fibra de vidrio intentando emular el Titanic, con resultados exitosos; o cuando nos sentábamos en la noche en el cofre del camión de mi tío Enrique, a ver la lluvia de estrellas; o cuando lo acompañábamos con mis primos Pico y Lalo, a entregar materiales, mientras viajábamos en la caja, saltando y dejando que la gravedad hiciera su trabajo.

Foto de Silvia Cruz.

Y es que hoy en día vivimos inmersos en la era de la inmediatez, esa que te hace estar permanentemente ocupado, que no permite descansar porque creemos que estamos siendo improductivos.

Esa era que ha extinguido las esperas que durante miles de años habían sido parte de la vida. Ahora, la tecnología, el internet y las prisas han modificado nuestros hábitos sociales al grado de que necesitamos mentalmente que todo sea al “chaz chaz”, tipo cuando haces tus abonos en Elektra.

Recibir información, contestar mensajes, correos, comprar, vender, tener, resolver problemas, obtener resultados… Si todo esto no sucede al instante, nos parece inaceptable. La tolerancia disminuye, esto tiene consecuencias en nuestras salud mental que cada vez ignoramos mas y sin darte cuenta puedes estar adelantando tu plan de retiro.

Además, vienen otros problemas implícitos. Por ejemplo, la velocidad se confunde con eficiencia. Ser rápido no es ser eficiente. Se trata de que nuestras decisiones tengan calidad.

No solo se trata de saber mucho, sino de saber qué hacer con esa información. De nada sirve tomar una decisión en 5 minutos si nos va a causar 3 semanas de problemas, o acumular muchas horas nalga sin haber resuelto ningún problema.

Ahora, actividades que toman tiempo, como aprender un idioma, construir una empresa, formar una relación, pulir una habilidad, o aprender a jugar tenis, pudieran hacernos sentir frustrados porque no se logran en poco tiempo, y entonces claudicamos.

No nos damos cuenta de que las verdaderas cosas importantes de la vida llevan su tiempo: caminar con tu perro, disfrutar de las flores, apreciar todos los instrumentos en una canción, visitar a tus papás, conocer nuevas formas de pensar, leer un libro, cocinar una pizza mientras te tomas un vinito y escuchas jazz de fondo.

Es decir, disfrutar de las pequeñas cosas. Como diría Alberto Cortez: “está la puerta abierta y el mundo está esperando…”.

Por eso habría que empezar a pensar en bajarle al ruido y subirle a los sentidos.

Está la puerta abierta
La vida está esperando
Con su eterno presente
Con lluvia o bajo el sol

Está la puerta abierta
Juntemos nuestros sueños
Para vencer al miedo
Que nos empobreció

La vida es encontrarnos
Para eso nacemos
Porque el punto más alto
Es llegar al amor

Y no hay amor de uno
Sólo hay amor de todos
Y por ese motivo
Estamos hoy aquí.

Alberto Cortez

5 respuestas a “Sobre el tiempo”

  1. Siempre un placer leerte. Hoy te sentí como ese remplazo de Javier Aznar que ya no me da material contundente. Escribe más seguido por favor.

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